Thursday, August 17, 2006

El cine bajo el manto de estrellas










HISTORIAS PARA EL CINE

EL CINE BAJO EL MANTO
DE ESTRELLAS


EDGAR BARILLAS

INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTORICAS, ANTROPOLOGICAS Y ARQUEOLOGICAS

GUATEMALA, SEPTIEMBRE DE 1995.

Historias para el Cine
EL CINE BAJO EL MANTO DE ESTRELLAS.

Como cualquier ciudadano de esas naciones que se autodenominan civilizadas, Pancho Basura debió tener nombre de pila y apellido. Pero nosotros no lo conocimos sino por el mote que denunciaba su oficio: era el recolector de basura de la Compañia Agrícola en el Tiquisate de mediados a finales de los años sesentas. Por las polvorientas calles pasaba don Pancho en su camión recolectando los desechos de la gente que había llegado con la Compañía y que se iría cuando esta pusiera fin a sus actividades en la Costa Sur. La Compañía llevó la gente a lo que antes era poco más de caserío, no mucho más que una aldea. Ni siquiera a municipio llegaba, pues esta distinción la tenía la cercana Santa Ana Mixtán. Y en ese remolino de gente que García Márquez llama hojarasca llegamos nosotros como casi todos y tal vez también llegó Pancho Basura. Quién sabe.
Lo cierto es que nadie desconocía a don Pancho en su poco prestigiado oficio de recolector de desperdicios. Pero mucho menos lo ignoraban en su mutación de roles de todos los días por la tarde. Horas antes de que cayera el sol, pasaba ya no en el maloliente camión de la basura sino en uno repleto de varas de bambú y de grandes mantas blancas que estacionaba en un espacio libre ya sea en las fincas, cerca de las yardas de las familias de los trabajadores o en Tiquisate, en un baldío más allá del campo donde se jugaba fútbol pero también el beis. En poco tiempo abría hoyos, plantaba las varas de bambú y colocaba las mantas formando un recinto rectangular, con una abertura cubierta con una cortina que servía de entrada. Al fondo, pendiendo también de los espigados bambúes, colocaba un lienzo medio inmaculadamente blanco -Usted sabe-, no de muy grandes proporciones. Una mesa angosta y muy alta recibía un proyector de 16 milímetros, probablemente un Kalar Victor. Poner en la vara más alta un altoparlante, instalarlo como bandera de una victoriosa campaña e iniciar los anuncios de la película de la noche, eran una acción de escasos minutos. El cine de Pancho Basura estaba listo para recibir a los devoradores de películas. El manto de la noche pondría el resto en aquel cine sin techo de Tiquisate de los años sesentas. El cine ambulante de Pancho Basura.

Un cine para cada lugar y un lugar para cada cine.
Tiquisate en realidad no era un poblado sino tres. Estaba "El Pueblo", ubicado en el antiguo sitio de asentamiento, ahora lleno de comercios, comedores, cantinas y zarabandas con sus respectivas rockoleras de vestidos cortos, apretados y de colores chillones. Luego, convenientemente separado -El Pueblo terminaba en la fábrica de hielo-, estaba el sitio de los trabajadores de la Compañía, con su debida estratificación de acuerdo a la posición dentro de la empresa: las yardas, para los peones; las casas tipo avión, para los oficios como mecánicos, electricistas y fontaneros, que eran el personal de tercera; las casitas y las casas tipo capitán, para los administrativos o personal de segunda. El tercer poblado estaba aún más diferenciado. Primero, porque quedaba del otro lado del Río Siguacán, mismo que los niñitos que recibían el catecismo confundían con el Río Jordán, donde fue bautizado Jesús. Segundo, separado del resto del pueblo y del país por una malla metálica coronada con alambre de púas, perfectamente iluminada y vigilada para impedir la entrada de intrusos. Era la residencia de los empleados de primera. Allí residían los responsables del enclave bananero, de ese que hacía que al país se le llamara en otros lares con el nombre poco generoso de "república bananera".
En "El Pueblo" quedaba el cine Royal, que dependiendo de quien lo pronunciaba era una palabra grave o una palabra aguda. La gente bien decía Róyal. Los demás, los otros, decían Royál. Era el cine de don Enrique Lam Jarquín, que entre otras cosas componía canciones y le llamaban -tal vez por ello- compositor. Don Enrique hacía sacar unos anuncios hechos con papel de envolver, pintados con añilina generalmente azul y colocados en unos marcos de madera, que ponían frente al cine o en algunos lugares estratégicos de cualquiera de los dos primeros pueblos. Las funciones eran en la noche, excepto los sábados en las que también había "matinés" y los domingos en los que además había "matinales". Unos altoparlantes agudos recordaban con su música estridente que se aproximaba una función. Atrás del cine y a los lados eran lugares para casas de habitación. En cambio enfrente, del otro lado de la línea, estaba el emporio comercial, siempre animado, siempre lleno de novedades. Por la noche se cerraban los negocios de abarrotes y otros artículos de primera necesidad, los almacenes de los chinos que vendían telas y termos, los almacencitos de bagatelas como El Regalito, las ventas de bicicletas y radios, dando paso a las zarabandas, comedores, ventas ambulantes de comida. En la noche los artículos de primera necesidad eran las cervezas y el guaro, que podía ser Olla San Gabriel u Olla San Lorenzo. Eran los tiempos de Los Panchos y los Tres Diamantes, de las rancheras de Demetrio González y Tony Aguilar, de los mambos de Dámaso Pérez Prado y de las nacionales Regalito de Amor y Escuintla que cantaban Alicia Azurdia y la Ninfa de Amatitlán, Las rockolas no dejaban de sonar sino hasta la madrugada.
Pero el día grande era el domingo. En la mañana, desde muy temprano, el centro de atracción era el mercado. Del altiplano bajaban los comerciantes indígenas con sus cacaxtes. Eran los marchantes que traían las verduras y la cerámica. De Escuintla y de la Capital llegaban los vendedores de peltre, de ropa, de jabones. La fruta venía a veces de aldeas cercanas o de más lejos, dependiendo de la temporada. Además, en el mercado se aparecía cualquier cantidad de prestidigitadores, pitonisas con serpientes, hierberos de pócimas mágicas, enanos y gigantes, tragafuegos y vaya usted a saber que otra cantidad de honestos embaucadores. En el aire se oía repetidamente El Barzón, con aquellos sus versos machacones de "Se me reventó el barzón, y sigue la yunta andando". Allí se juntaban las gentes de las fincas de banano, de las aldeas, la gente de El Pueblo y los trabajadores de la Compañía. La mañana del domingo eran más bien un festival femenino en que las señoras salían a hacer sus compras, unas con sus sirvientas, otras con sus niños, la mayoría congratulándose de poder disfrutar su única diversión semanal. Por la tarde, en cambio, El Pueblo era el centro del placer. Era la jornada de los hombres, la diversión masculina. Era el tiempo de gastarse algo -aunque a veces todo- de los buenos ingresos que se obtenían por los salarios de la frutera o por los negocios de la semana. En el juego, en el vicio, en la prostitución o en el arte de ver, andaban juntos los peones, los mecánicos, los electricistas y los administrativos. En la mañana, mientras el mercado hervía de actividad, en el Cine Royal de Don Enrique Lam Jarquín, Joselito cantaba sus infantiles canciones en el Pequeño Ruiseñor o Pablito Calvo crecía en con los frailes en Marcelino Pan y Vino (1954). Eran de los escasos filmes españoles que se veían entonces en Guatemala y se debía, junto a las películas de la primera diva del Star-System español, Sarita Montiel, a que estos habían sido de los pocos éxitos comerciales de la cinematografía hispana y por tanto, productos de exportación. La matiné servía de refugio a los que huían del bullicio y permitía ver alguna comedia musical mexicana de esas que arreglaban un argumento alrededor de algunas canciones, como la Feria de San Marcos (1957), con Miguel Aceves Mejía, Pedro Vargas, Ana Bertha Lepe y los cómicos Fernando Soto Mantequilla, Alfonso Pompín Iglesias y Agustín Isunza. El cine mexicano había terminado el ciclo del Indio Fernández y Gabriel Figueroa que tanta gloria le dio a la cinematografía de aquel país. Ahora nos venían películas de cómicos como Clavillazo, Resortes o Viruta y Capulina, de melodramas en los que Arturo de Córdoba y Marga López hacían lacrimógeno el ambiente o de héroes solitarios como Gastón Santos en el Monstruo de la Laguna Negra, temerarios como Fernando Casanova en la serie El Aguila Negra o bandoleros queridos por el pueblo.
Domingo y en El Pueblo, murió en 1961 el Látigo del Sur, bandolero valiente y querido por los pobres según se decía entonces. Los corridos populares recopilados por Carlos Navarrete nos acercan al ambiente que se respiraba en aquellos tiempos en aquella población.

Presten atención señores
mientras se enciende la luz,
me voy a echar unos versos
de un hombre de pelo en cruz.

...Robó por darle a los pobres
y a los ricos los trabó,
por eso de los humildes
su corazón conquistó.

Pero este 61
fue su año de mala suerte,
lo siguieron los soldados
hasta causarle la muerte.


En Pueblo Nuevo de Escuintla,
Tiquisate población,
allí estaba descansando
muy confiado el corazón.


Sin duda, para la policía Benedicto Ruano, el Látigo del Sur, no sería más que un vulgar delincuente. Pero de la población que se aglomeró para ver el desenlace del bandido, solo se escuchaban hazañas y vivezas.


El comandante Manuel de J. Juárez
quedó en Escuintla burlado a más no poder
porque el valiente llegaba a las cantinas
y a los soldados les daba de beber.

Los ambulantes y soldados de hacienda
y hasta soldados de traje nacional
lo buscaban por todos los caminos
y él disfrazado los hizo quedar mal.

(Cancionero Popular, Navarrete, 118).


Y como en un guión cinematográfico o en crónica de una muerte anunciada, la muerte fue aparatosa y dramática, según la versión popular:


Lo rodeó un destacamento
con metrallas del liviano
y él solo con un machete
y una pistola en la mano.

Medio desnudo tiraba
todavía sin despertar.
¡Qué sueño más de a vejiga
morirse a medio soñar!

...Con una carga le abrieron
toda la parte inferior,
pero seguía peleando
porque fue de gran valor.

Le gritaba el mero jefe
que si se volvió bandido
se rindiera mansamente
ahora que estaba herido.

-Si no me volví, me hicieron
de tanta necesidad,
no nací macho de carga
que soporta en humildad.

...Ya me chingaron cabrones,
acábenme de joder,
y al disparar se agarraba
por no quererse caer.

...La gente de Pueblo Nuevo
protestó la cobardía
de esos cuques y oficiales
en grado de infantería.

Y tanto miedo tuvieron
que el sitio en que está enterrado
quedó oculto de los pobres
y aún sigue ensecretado.

Por aquí dejo estas flores
que se encienden con la luz,
que son mis pobres cantares
para el Látigo del Sur.

(Alberto Arana, Navarrete, 117).


La letra de El Aguila Negra (1956) y de otros héroes de las películas tiene un paralelo en estos cantares del Látigo del Sur.

El cine de Pancho Basura se instalaba a inmediaciones del mercado, tomando el rumbo de la Escuela Fray Bartolomé de la Casas, de la Compañía. A veces la llegada de algún circo -que generalmente eran el de los Hermanos López o el de los Hermanos Navarro- o de los gitanos, hacía que se fuera a instalar más allá del campo de fútbol y del Club América, ya en los barrios de trabajadores de la frutera. Era un cine más barato que la galería del Royal, considerando que no había butacas, ni servicios, ni techo siquiera. En el cine de don Enrique si había luneta y galería, pero se trataba solo de una división por una baranda, la cual era saltada por muchos al solo obscurecerse la sala. No había mejores butacas o mejores servicios, sino solo la categoría social que representaba haber pagado más. No era que en el cine de Pancho Basura no hubiera diferencias. Si las había entre quienes negándose a ver de pie toda la película llevaban algún banco o alguna silla liviana, o quienes en noche con amenaza de lluvia portaban un paraguas, pues las funciones solo se suspendían si había un verdadero chubasco. Y también entre los que pagaban sus diez centavos -al principio eran cinco- y quienes, burlando la vigilancia de unos muchachos armados de chicotes, se colaban bajo las mantas blancas, ya sea por probar su habilidad o por no poseer el dinero necesario. Al fin y al cabo, quien vio Nosotros los Pobres (1947) con Pedro Infante y Evita Muñoz, Chachita, no podía perderse la segunda parte, Ustedes los ricos (1948).
Si el cine Royal proyectaba películas que por primera vez llegaban a Tiquisate, el cine de Pancho Basura se conformaba con reestrenos, lo que permitía alquileres más baratos y por tanto entradas más baratas. Así, si en el cine de El Pueblo se veía Se los Chupó la Bruja con Viruta y Capulina (1957), en el cine ambulante se estaba viendo otra vez A Toda Máquina y ¿Qué te ha dado esa mujer?, la serie de Pedro Infante y Luis Aguilar de 1951, en la que personifican a dos agentes de la policía motorizada en permanente rivalidad y que constituyó un éxito comercial. Pero pronto llegaría la revancha para el cine más modesto de todos cuantos habían en Tiquisate.
Cuando se instalaba más allá del Club América, las idas al cine de Pancho Basura representaban recorrer largas distancias con la débil iluminación de unos pocos bombillos del alumbrado público. Y el regreso era más difícil aún, pues las calles estaban solitarias y solo el aullido de los perros acompañaba a los cinéfilos. Para economizar tiempo y esfuerzo se podía cruzar el campo de fútbol, pero esto era para quienes tenían templados los nervios. La proyección de La Barranca de la Muerte, de la serie El Rayo Justiciero (1954-1956), con Tony Aguilar, en la que a Pánfilo Narvaes le hacen una fea herida en el rostro, o cuando se exhibió el Jinete sin Cabeza (1956), el regreso a casa fue espeluznante, para niños de una población que contaba cuentos de aparecidos o que oía la XEW de México con series de terror como Apague la Luz y Escuche.

El Club América se convertía en cine una vez a la semana. Este era un cine para los trabajadores de la Compañía, de tercera en adelante. Como también exclusivos lo eran el Comisariato, el Hospital, la Escuela Bartolomé de las Casas y una Carnicería. Era un gran salón de madera, con amplios ventanales cubiertos con malla metálica. Cuando las funciones eran de día, unas lonas se bajaban para obtener la obscuridad deseada. Como el salón era de usos múltiples no había butacas sino se colocaban sillas plegadizas. Aquí no había un José Elías Moreno, una Martha Roth o Rosita Arenas, un Pedro Armendáriz o unos hermanos Fernando y Andrés Soler. Aquí era la sala de Gary Cooper, Burt Lancaster, Kirk Douglas y Errol Flynn, de Ingrid Bergman, Rita y Susann Hayworth, Shelley Winters y Ava Gardner. En la pantalla no había cancioneros montados a caballo sino Roy Rogers y su inseparable amigo el viejo Cascarita, la campiña mexicana se trocaba en el oeste estadounidense y las películas de luchadores enmascarados del estilo de Huracán Ramírez aquí eran de relatos de corsarios. Aquí no cabía el Látigo del Sur, pues había una gran diferencia entre él y Shane, el Desconocido, protagonizada por Alan Ladd (1953) y su muerte distaba mucho de los duelos de Gary Cooper en A la Hora Señalada (1952) o de la lucha a morir de Burt Lancaster y Kirk Douglas en el O. K. Corral. Este era un cine para los que leían Life en Español y que tenían las imágenes de la vida procesadas, digeridas y simplificadas por Selecciones del Reader's Digest, de quienes leían la revista cubana Bohemia, o de quienes, al menos, tenían en sus manos las concepciones de la vida de los chistes - o sea los "comics"- de Gene Autry, Roy Rogers y Opalong Cassidy, cuando no de Tarzán, Superman, la Sombra Vengadora y otros héroes.
La colonia El Prado era un paraíso tropical. Tenía las comodidades que puede esperar alguien que se va de su país a una república casi de juguete. Casas cómodas de madera, pintadas de blanco y verde con amplio jardín que lo mismo se miran en Guatemala que en Honduras o Panamá. Un club social en una colina con un césped impecable. Un campo de golf, una piscina, un campo de aviación cercano. Y por supuesto, cine. Para el cine se usaba el Club, al igual que en el Club América. Solo que aquí estaba reservado para los "americanos" y para los altos empleados. Las películas eran casi del mismo tipo de las del América, solo que tal vez más escogidas. Aquí se podían ver algunas películas de aventuras en países lejanos y exóticos. A Frank Sinatra y Spencer Tracy, por ejemplo, los encuentra El Diablo a las Cuatro, con una violenta erupción de un volcán. Pero también se podían ver dramas intensos que copiaban los bajos costos de televisión al utilizar escenarios más simples. Tal vez el más significativo de ellos fue Doce Hombres en Pugna, también llamada Doce Hombres Sin Piedad, un filme de Sidney Lumet, donde la cámara pasa encerrada durante hora y media en la sala de deliberaciones de un jurado. Se trataba de plantear la necesidad de un diálogo democrático para esclarecer la verdad en el caso de un juicio. La última escena, formada de un solo plano, mostraba por fin a los jurados despidiéndose a la salida de la sala, en la única vista exterior de toda la película. A estos tan disímiles géneros habría que agregar las comedias en las que sobresalían las bromas simplonas de Abbot y Costello o las chabacanadas de Los Tres Chiflados, situados ya a mucha distancia de Max Linder o de Charles Chaplin.

Una tormenta en el trópico.
De 1870, cuando Lorenzo Dow Baker llevó 160 racimos de bananos de Jamaica a Jersey City y los vendió a dos dólares cuando los había comprado a chelín la penca, a 1936, en que la United Fruit Company abrió su segunda plantación en Guatemala, precisamente en Tiquisate, había ocurrido un meteórico ascenso de la demanda internacional de la fruta. La frutera firmó con Ubico un contrato por 99 años para explotar el cultivo de bananos con varias concesiones como la exoneración total de impuestos internos y la importación libre de todos los bienes de capital. Como condición impuesta por Ubico los salarios de los peones no debían pasar de cincuenta centavos para no provocar alborotos en el mercado de trabajo guatemalteco por exigencias de aumentos. La Compañía pudo dar así mejores condiciones a sus trabajadores que los que gozaba el resto de la fuerza laboral guatemalteca: servicios médicos, escuelas, vivienda y hasta cine. Hacia 1952, la frutera tenía en propiedad 295,000 acres en sus fincas de Tiquisate.
Pero había problemas. Desde mayo de 1951 hasta marzo de 1952 la Compañía había mantenido un conflicto con sus trabajadores. Una de sus medidas fue la de despedir sin paga a 3,746 trabajadores, negándose a aceptar la mediación del gobierno así como tampoco a aceptar la legislación laboral del país, no hacía mucho puesta en vigencia por el gobierno revolucionario. En 1952, el presidente Arbenz, jefe del Segundo Gobierno de la Revolución, sancionó la Ley de Reforma Agraria, Decreto 900, por medio de la cual se buscaba el desarrollo de relaciones capitalistas en el campo, de acuerdo a los considerandos de la propia ley. A la frutera le fueron expropiados 234,000 acres de tierra no cultivada en las fincas de Tiquisate, casi el 80 por ciento de sus posesiones en la Costa Sur. Lo demás es historia conocida, aunque sea en parte. El gobierno de Arbenz fue acusado de procomunista y se inició una batalla interna y externa que condujo al cierre del experimento revolucionario en 1954. El 79 por ciento de las tierras expropiadas fue devuelta a sus antiguos dueños. Luego vino la cacería de comunistas y simpatizantes, dirigida por el Comité Nacional de Defensa Contra el Comunismo y respaldada por la Ley Preventiva Penal Contr el Comunismo. Muchas actividades, incluyendo algunas sindicales, fueron catalogadas como sabotaje y penadas con la muerte. El Comité de Defensa Contra el Comunismo tenía el derecho de denunciar comunistas sin posibilidad de defensa o apelación. Hacia noviembre de 1954, el Comité tenía fichadas a 72,000 personas. El 10 de agosto de ese año se había declarado ilegales a los partidos políticos, las confederaciones laborales y las organizaciones campesinas. Las quemas de libros prohibidos incluyeron los de Miguel Angel Asturias, uno de los grandes críticos de la frutera, principalmente a través de su trilogía Viento Fuerte, El Papa Verde y Los Ojos de los Enterrados. La Compañía tenía problemas también en Estados Unidos. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos promovió acciones por considerar que se violaba la ley antimonopólica. En 1958, la frutera se vio obligada a aceptar la restricción de sus negocios en Guatemala. Hacia finales de los cincuentas, la Compañía Agrícola de Guatemala, languidecía en Tiquisate. Uno de sus ademanes para debilitar las acciones del Departamento de Justicia, fue producir una película llamada ¿Por qué el Kremlin odia los bananos?
La agitación comunista como tema del cine estadounidense no fue solo una táctica desesperada de una compañía a la que su propio gobierno reputaba de monopólica. Desde 1947 se había iniciado una campaña por la Comisión de Actividades Antiamericanas que buscaba eliminar la infiltración subversiva en el cine. El senador Joseph MacCarthy encabezó una cacería de "sospechosos, saboteadores, espías y quintacolumnistas" (Gubern, II, 81). Holliwood, para ponerse a resguardo de las acusaciones, produjo una serie de películas de propaganda anticomunista, que se inicia con El Telón de Acero, de William Wellman (1948). La novelista Ayn Rand declaró que la película Canción desde Rusia, de Gregory Ratoff era propaganda roja porque aparecían en ella niños rusos sonriendo. Para el actor Adolphe Menjou, eran comunistas "todas las personas que tiene ideas no americanas". Se llegó a determinar por la Comisión, que eran comunistas las películas que criticaban a los ricos o a los miembros del Congresos o a soldados arrepentidos de su participación en la guerra. En 1951 la Comisión de Actividades Antiamericanas estableció una lista de 324 gentes de cine a los que los productores reunidos en secreto en el Waldorf Astoria se comprometieron a no dar trabajo en tanto no fueran depurados por una oficina de limpieza establecida para el efecto (Ibid.).

La revancha de Pancho Basura.
Como se ha visto, el cine de Pancho Basura era el cine para los estratos medios y bajos. Cine de a pie y bajo el cielo. Por supuesto despreciado por los grupos mejor acomodados de Tiquisate, pasaba su vida ambulante entre las fincas y el poblado. Pero le llegaría su época de grandeza y de dulce desquite. Esto ocurrió con las transformaciones a que se debió someter el cine en los inicios de los cincuentas para enfrentar la competencia de la televisión. Los mayores experimentos ocurrieron en cuanto a las dimensiones de la pantalla, pues la tele tenía un campo muy reducido. El sistema que se impuso entonces fue el Cinemascope. Y quien lo iba a creer, fue Pancho Basura en su cine de bambúes y mantas quien apareció una buena noche con la novedad de la pantalla gigante. Por supuesto, el Manto Sagrado (1953) y Demetrio el Gladiador (1954) le reportaron enormes éxitos de taquilla y una popularidad debido a la jerarquía de innovador que había asumido, misma que no iba a pasar desapercibida en círculos que no eran los que normalmente él frecuentaba. Así, Pancho Basura abrió una noche de esas las puertas inexpugnables de La Colonia El Prado y se le vio instalar la pantalla para el cinemascope en el club. Sonreían ahora los extranjeros con su trago de whisky en la mano al poder presenciar con la más reciente innovación del cine, una película vaquera en cinemascope y a todo color. Más sonreía Pancho Basura con sus varas de bambú al lado, porque había podido subir a la colina más alta de todo Tiquisate.


FUENTES ORALES:

Barillas Aldana, Jorge Herminio. Guatemala, zona 5, agosto de 1995.
Barillas Aldana, Roberto. Guatemala, zona 7, agosto de 1995.
Barillas Barrientos, Juan Francisco. Guatemala, zona 11, agosto de 1995.
Barrientos Morales, Bertha. Guatemala, zona 2, agosto de 1995.


Publicado en: Estudios, revista de antropología, arqueología e historia, 3a. época, No. 2/96, agosto de 1996, Guatemala, Instituto de Investigaciones Históricas, Antropológicas y Arqueológicas, Escuela de Historia, Universidad de San Carlos de Guatemala, pp. 95-104.

Afiche TArzán

1 comment:

JORGE VINICIO SANTOS GONZALEZ said...

ESTIMADOS HERMANOS:
Les prevengo de la lealtad del pueblo de Guatemala porque mis impostores polares del vórtice virtual que me explora esotéricamente son lisonjeros en persuadir a la gente a un caos personal en mi contra porque me calumniaron de prevaricador con mi secuela de calumniarme de violador sexual por resarcirme con una necrofilia parafílica en donde la gente titubea perplejamente con los rencorosos que desean denigrarme. Ilusoriamente pareciera que el pueblo de Guatemala es impostor por las consecuencias absurdas que me suscitaron, especialmente porque mis conspiradores esperan rematarme presumiblemente con un calumniador en la colonia Santa Sofía del municipio de San José Pinula del departamento de Guatemala de mi país Guatemala de la América Central donde dí aviso a la comisaría #13 de la policía nacional civil. La razon de mi suspicacia es de que Guatemala me ha traicionado por tales lisonjeros que secuentemente el pueblo esté rencoroso conmigo como para traicionarme con cualquier excusa porque nunca pudieron calumniarme por la cual solicito una consulta popular por la radio y por la television nacionales para testificar sobre mi paradero. Prevaricador es el disidente macabro que difiere a la suerte del pueblo con las perplejidades persuasivas.

Atentamente:
Jorge Vinicio Santos Gonzalez,
Documento de identificacion personal:
1999-01058-0101 Guatemala,
Cédula de Vecindad:
ORDEN: A-1, REGISTRO: 825,466,
Ciudadano de Guatemala de la América Central.