Friday, September 27, 2013



Árbenz, dos testimonios: 

Díaz Castillo y Navarrete




Video testimonial de Edgar Barillas
57 minutos. 2013

Saturday, August 13, 2011

Puntos de Identidad del Centro Histórico


Puntos de Identidad del Centro Histórico, Ciudad de Guatemala, 2011

Salón de Las Banderas, Palacio Nacional de la Cultura

Los Puntos de Identidad galardonados este año son:

Palacio Nacional de la Cultura

Empresa Eléctrica de Guatemala, S. A.

Edificio Engel

Teatro Lux

Delicadezas Hamburgo

Cafetería Lido

Hotel Royal Palace (Hotel Mansión San Francisco)

Iglesia San Francisco

Almacén Roque Rosito

Escuela Nacional Central de Ciencias Escolares


Palabras de encomio, a cargo de Edgar Barillas, del Instituto de Investigaciones de la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala:

Corre el año de 1968. En la ciudad de Quetzaltenango, un joven cantante y compositor recibe un telegrama. Toma el autobús y llega a la ciudad de Guatemala. Un taxi lo lleva a la Sexta Avenida de la Zona 1 en donde se hospeda en un hotel que está casi llegando a la 10ª. Calle. Toma un café. El restaurante tiene unas mesas que dan a la avenida, por donde los transeúntes pasan charlando. El cantante hace una prueba e inmediatamente lo contratan para grabar su primer disco. Su nombre es Carlos del Llano y tras él ha ido el fotógrafo Alberto Serra, impresionando un rollo de 16 milímetros en blanco y negro que después convertirá en una película cuyo nombre está inspirado en una de las canciones más populares del cantante: Los domingos pasarán. Carlos no solo triunfa como intérprete sino también en el amor. Adriana es su musa. Pero un melodrama no estaría completo si faltan los personajes perversos, un pretendiente despechado, unos amigos cínicos, una mujer envidiosa y todo confabula para hacer del amor de Carlos y Adriana un imposible. Ella se va a Europa y Carlos se desespera. Su dolor no tiene límites.

Para soportar la pena, entre las muchas opciones que tiene, Carlos escoge ir a caminar por la Sexta Avenida. Curiosa terapia para un corazón desgarrado, ¿no? Sus pasos le llevan al Portal del Comercio. Luego camina sobre la acera del Palacio Nacional. Ah, el Palacio Nacional. Un travelling nos los va descubriendo, pues el Canche Serra se ha montado en un carro y con su cámara sigue el paso del músico enamorado. Como es una película en blanco y negro, no nos muestra la tonalidad verde del edificio que contrasta con el cielo celeste. Luego, el camarógrafo instala su equipo de filmación en un trípode enfrente a una de las puertas del Palacio y hace un paneo de derecha a izquierda que muestra toda la fachada frontal del imponente edificio. Ante nuestros ojos van desfilando los simétricos ventanales, las columnatas como ejército en formación, la decoración calcada en piedra, las sólidas columnas del conjunto de entrada. El sueño más grande entre los sueños de grandeza de Jorge Ubico. La más monumental de todas sus arquitecturas monumentales. El broche de oro para un gobierno en donde el poder se manifestaba hasta en el patrimonio edificado. En el interior del Palacio, entre maravillosos vitrales que desnudan el imaginario de la época, lámpara de siluetas sensuales, artesonados y pisos delicadamente labrados y pulidos, se halla el kilómetro cero. Sorpresa para los visitantes extranjeros que ignoran que el Orden y Progreso de la dictadura no conocía límites.

De la ficción de Carlos del Llano y Alberto Serra podríamos torcer el guión y dejarnos llevar por la imaginación, algo que no es inusual cuando se está frente o dentro del Palacio. Carlos se encuentra en esta secuencia agregada a la película, con Miguel Ángel Asturias. Hace menos de un año que ganó el Nóbel de Literatura, con lo que su voz se hizo más fuerte para contar las historias y leyendas de su Guatemala. Miguel Ángel lanza un suspiro prolongado y pareciera que con su enorme traje como carpa de circo envolviera a Carlos y al Canche que también se asomó a escuchar al literato. “Aquí estuvo antes mi Portal del Señor”, dice como declamando y continúa: “...¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!” Aquí dormían los pordioseros, el Pelele, el Patahueca, el Mosco, el Viuda. “La noche los reunía al mismo tiempo que a las estrellas. Se juntaban a dormir en el Portal del Señor sin más lazo común que la miseria…”.

Absortos en su escucha estaban Carlos y El Canche Serra, que no vieron acercarse a José Rodríguez Cerna. Él les contó cómo el día de navidad de 1917 la ciudad cayó en pedazos y con ella, el edificio del Ayuntamiento, El Portal del Señor de Miguel Ángel. Abrió su Tierra de Sol y de Montaña y les leyó:

“En la noche del 25 de diciembre fue el asalto brutal. En las carnes desprevenidas por el sortilegio navideño, se hundió el hachazo. Las ocultas potencias rompieron el cetro y profanaron la corona: así un motín contra una reina…

Nada permanecía en pie. Los edificios caían con crispantes rechinamientos, envueltos en polvo de asfixia…”

Al grupo se unió Arturo Quiñónez, quien había estudiado cine en Estados Unidos y luego dirigió el Departamento de Cinematografía de la Tipografía Nacional en tiempos “de Don Jorge” (Ubico). Les contó cómo fue difícil rodar la imponente coronación de la Virgen del Rosario en 1934, por la multitud que se aglomeró en el Parque Central y sus alrededores. La procesión salió de Catedral por la tarde con la imagen coronada. Dobló en la Séptima Avenida y Sexta Calle para pasar por aquí, dijo el cineasta y calló, sumido en sus recuerdos. En el tiempo de coronación de la Virgen, ya no estaba el Ayuntamiento, pues se había arruinado con los terremotos y terminó por ser demolido. Entonces solo habían unos pabellones donados por la colonia china y hacia la Sexta Avenida un endeble salón daba cabida al Teatro Rialto. Estos edificios fueron eliminados para dar lugar a la construcción del Palacio Nacional, el Palacio de Jorge Ubico. Como la guinda que corona un delicado postre, el soberbio edificio fue inaugurado para culminar las ofrendas y sahumerios al gobernante con motivo de su cumpleaños el 10 de noviembre de 1943. Nadie, ni el propio Don Jorge, sabía que el gusto de sentirse emperador en su edificio de cristal terminaría en escasos siete meses, para dar paso a la gloriosa Revolución de Octubre. Este palacio está retratado, con sus historias ficticias y verdaderas, en el documental hoy olvidado, El Palacio Maravilloso.

-Vamos, vamos, Carlos, que tenemos que continuar la filmación –dijo Alberto Serra apremiando al cantante y actor. Y tomaron la Sexta Avenida de norte a Sur. Tras ellos, si aparecer en el filme, van Asturias, Rodríguez Cerna, Quiñonez y unos cuantos de los asiduos visitantes/habitantes del Peladero. No se detiene la cámara ante el edificio de la Empresa Eléctrica de Guatemala, pero Arturo Quiñónez recuerda que en una manifestación a favor del candidato a la presidencia Jorge Ubico, este se encontraba en un balcón del segundo piso saludando a la par del Presidente Reina Andrade. Estaban a salvo, porque no solo tenían el padrinazgo del Estado, sino que la construcción poseía una estructura de acero y concreto, que fue la primera del país en utilizar esos materiales y sus respectivas técnicas constructivas. En ese sitio estuvo la casa de Justo Rufino Barrios mientras fue presidente. Y esa esquina, al gozar de suficiente espacio para ser apreciada por la vecindad de los parques Centenario y Central, es uno de los mojones más conocidos de la ciudad. Justo de ahí arranca la que se conoció como Sexta Avenida Sur.

Sigamos con la película de Carlos y Alberto. Frente al Pasaje Rubio, unos vendedores de números de la lotería ofrecen la suerte a los sexteadores. Estos fueron los primeros representantes de lo que llegaría a convertirse en un mar de economía informal. Luego, Carlos continúa su caminata hasta la once calle. Pasa frente al cine Lux. Sean Connery viste de frac y parece presentarse en una enorme efigie de cartón: Bond, James Bond. Hoy, hoy, invitan dos afiches que bordean al agente 007, la gran atracción de aquellos años. Las puertas de vidrio y madera de la entrada a luneta están cerradas. Pero siempre que se abrieron dieron paso a emocionados grupos que acudían a ver las funciones de cine y gozar y sufrir con las figuras del Star System o bien alguna compañía de teatro. De no haber fallecido apenas cuatro años antes, don Mario Alberto Mencos hubiese contado con dejo nostálgico que antes del Lux, el Palace y el Cápitol, los teatros más concurridos eran el Colón, el Variedades, el Europeo y el Abril. Pero aquellos teatros antiguos cedieron lugar al aparecer las enormes salas de las cuales el Lux era la joya. Su impresionante figura que destaca en la esquina de la Once Calle y su diseño de líneas rectas y curvas dan una sensación de sobriedad y elegancia. Su construcción ilusionó a los gobernados por Ubico que al fin iban a ver completo el lema de Orden y Progreso, pues solo habían conocido el rostro fiero de la represión y la censura que llevaban a la obediencia.

El Teatro Lux vivía sus noches más entusiastas cuando se celebraba la Huelga de Dolores. La orquesta del Chato Lobos amenizaba la noche desde el foso con alegres notas, mientras las compañías del teatro huelguero montaban sus punzantes sátiras para escarnio de los gobernantes de turno. Ahí dio sus primeros pasos en la dramaturgia Douglas González como muchos otros y se montó más de una obra de Manuel José Arce. Ojalá Johnny Dahinten siguiera cantando con mordacidad y buena voz, ya sea para arengar, ya sea para mofarse de los poderosos. Si el Lux luce imponente desde las butacas, es un espectáculo único verle desde el escenario. Los enormes cortinajes color púrpura, la impresionante luneta y más arriba el balcón y aún más allá la galería: todo actor y actriz de la Huelga que se paró en el tablado, jamás podrá olvidar que se contemplaba al público como se observa el cielo poblado de estrellas en una noche despejada. Ahí también lanzó flechas el Yeti, aquel longevo Grupo de Teatro Experimental de la Experimental Escuela de Historia, con sus historias del Popol Vuh. El Lux abarrotado de público, era un hervidero donde salía lo mejor del repertorio carnavalesco guatemalteco. Y eso era el pan de cada día, no solo durante la Huelga de Dolores.

Pero salgamos a la calle y dejemos a Carlos del Llano y al Canche Serra porque su melodrama tiene que continuar y otras locaciones les esperan para reunir nuevamente a los amantes y reconciliar al público con la historia que les es contada. Al salir del Lux, no podemos sino recrearnos con la vista del Edificio Engel. En estilo Art Deco como el mismo teatro, hacen de esa esquina de la Sexta y Once un nodo que ha quedado grabado en la memoria colectiva de los citadinos y los visitantes. El Engel y el Lux, son figuras cimeras del Deco guatemalteco, que se ensambló admirablemente con estilos arquitectónicos más tradicionales.

Seguimos por la Sexta hacia el sur y el grupo encabezado por Miguel Ángel va creciendo. Pronto llegamos al templo de San Francisco. Quién mejor que José Martí, que muy jovencito vino a alborotar a damas y políticos y a denostar a los conservadores. Dice el joven vate y prócer cubano, incorporándose al aquelarre que se estaba formando:

“Y ¡qué bellas iglesias ostenta Guatemala! Gran prisa se dieron y grandes millones gastaron aquellos piadosos sacerdotes, entonces señores únicos de la oprimida conciencia popular. Enseña San Francisco su hermosísima fachada, su imponente nave, sus robustas murallas, que no muros, irguiéndose, empinándose sobre penosa cuesta, como un rectángulo colosal. Más castillo que el castillo parece la gran fábrica destinada a sobrevivir al espíritu que la animó; antes, numerosos fieles y fieles numerosos tenían vencido el suelo con las humildísimas rodillas; hoy, salvo los días tradicionales, apenas si discurre por la nave ancha, milagro de atrevimiento arquitectónico, alguna fiel creyente, que en el perfume de las flores que regala envía a la hermosa Virgen el perfume de su alma candorosa.”

Hermoso luce el templo en la película Solo de noche vienes, de Manuel Zeceña Diéguez, mientras Elsa Aguirre va vestida de blanco a rezar y la sigue como presa erótica Julio Alemán. Pero debemos continuar el recorrido. A nuestro selecto grupo de cronistas se ha unido otras voces. Carlos Navarrete va contando quiénes vivían en qué casas, las anécdotas de los personajes de la ciudad, los cambios arquitectónicos. No muy lejos, Celso Lara y Miguel Álvarez discurren sobre los barrios tradicionales y los nombres de las calles y callejones, mirados con atención evaluadora por Augusto Acuña, aquel periodista que ganó un premio de la APG por su crónica de la ciudad. Tasso Hadjidodou no quería abandonar su callejón, pero tampoco pudo resistir la tentación de agregarse al grupo entre docto y dicharachero. Al salir del templo de San Francisco, enfrente encuentran el edificio de que fue la Mansión San Francisco y hoy es el Hotel Royal Palace. Antes, con el atrio de San Francisco sin verja, se formaba un gran espacio que continuaba por los jardines del Palacio de la Policía hasta la Catorce Calle y que permitía apreciar la arquitectura atractiva de la Mansión. Quién dijera que ese edificio albergaría a S. García y Cía., Sucs., “La casa mas grande y surtida del país.” Ahí se vendía al detalle y al por mayor, “…víveres finos, conservas, licores, vinos (de gran edad ‘Solera 1850’), productos del país y extranjeros.” Perfumes especiales eran ofrecidos por 30 empleados. “Compre una factura y se hará marchante”, dice la guía Guatemala, la Suiza Tropical, de 1932, para anunciar que uno podía convertirse en distribuidor de aquella empresa. Hoy, con la renovación de la Sexta, el edificio del Hotel Royal Palace vuelve a lucirse entre edificios de arquitectura muy poco uniforme que no llega a consolidar un estilo.

Seguimos las procesiones. La de la Virgen del Rosario, de la cual hace la crónica la película de Arturo Quiñonez, el sobrino de la funcionaria de Ubico y de Idígoras conocida y temida como La Maciste; y también la procesión de la bohemia literaria y artística. La película del cortejo procesional del 34 nos presenta la Sexta pletórica con su arquitectura efímera de arcos decorativos. Los gremios de aquella época y los asociaciones engalanaron la Sexta, la 18 Calle, la Novena Avenida y la Once Calle para guiar a la imagen a su morada en Santo Domingo, sito en la Doce Avenida. Décadas después, algunos devotos cargadores se hubiesen alejado un tanto a la altura del Parque Concordia para ir por un embutido a Delicadezas Hamburgo o, ya de regreso al templo de Santo Domigo, pasar por un Milk Shake o un sándwich al Restaurante Lido. Las delicadezas alemanas dieron lugar a las delicias chapinas, en el restaurante frente a la Concordia o Parque Gómez Carrillo. Hoy se puede degustar un tamal, unos chiles rellenos, unos frijolitos parados o colados humeantes con tortilla caliente que abre el apetito. Los domingos para el desayuno hay que llegar temprano porque cuesta conseguir mesa para probar los platanitos fritos, los huevos a la ranchera, la crema y el queso fresco o un buen pedazo de carne encebollada a la plancha. Y si uno iba al Cine Lido o se paraba frente a la vitrina de la librería de al lado a buscar la última de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía, no podía resistir aquel llamado de sirenas que no con cantos sino con aromas, atraía a marineros y marineras de a pie. Un hot dog o una hamburguesa satisfacían a cualquiera, mientras se relajaba y se relaja aún en aquel ambiente de imágenes venecianas.

La película de la Coronación de la Virgen del Rosario termina cuando la procesión llega al templo, en la Doce Avenida, el límite oriental de la Nueva Guatemala colonial. Los feligreses regresan a sus casas. Pero nuestro grupo, este conjunto de gentes de todo tiempo y de todo lugar, no se disuelve. Sus personajes van caminando sin preocuparse del reloj ni del clima. Martí, maestro de profesión, pregunta por la Escuela de Ciencias Comerciales. Ahí resuenan las voces de decenas y decenas de cohortes que vieron salir peritos contadores y en un tiempo también secretarias. Sus egresados, de alegres y juguetones, se volvieron profesionales universitarios, catedráticos, funcionarios y a más de alguno la suerte no le sonrió. Pero cuando se juntan (por promociones, para mayor identificación), sus charlas están salpicadas de recuerdos de primeros amores, de travesuras, de catedráticos gruñones o simpáticos. Su historia es una historia sin fin. De aquí partió indignado el cortejo fúnebre de Robin García, asesinado por el gobierno de Kjell Laugerud, para citar un solo ejemplo.

Vamos concluyendo el recorrido. Es hora de tomar un café. Hoy en el año 2011 en el centro histórico es mucho más fácil encontrar una buena bebida de granos de nuestras montañas, tan nuestras como ajenas. El más reciente sitio para degustar el brebaje, es el Café Gourmet Roque Rosito. Pasamos ahí para recordar cómo evolucionó el negocio, desde los productos de zapatería, hasta los más conocidos y apreciados utensilios de cocina. Luego de saborear un capuchino o un frapé, puede uno dirigirse al fondo y ahí, no con poco sorpresa, puede ver que el viejo almacén Roque Rosito aún ofrece sus joyas de herramientas para que la comida quede bien dispuesta.

Regresamos a la Sexta. El grupo que llegó a ser muy, muy grande, comienza a dispersarse y cada cual vuelve a su tiempo y a su espacio. Alberto El Canche Serra, Arturo Quiñonez y el Gordo Zeceña guardan las cámaras, satisfechos de la labor realizada. Otros todavía siguen la alegre cháchara. Pero alguien se quedó: Taso, Taso, gritan los sobrevivientes del recorrido y el aludido sonríe, distendido, cómodamente sentado en su banca de la que en un tiempo fue la Calle Real.

Saturday, November 14, 2009

1932, Inauguración nuevo templo de El Calvario


Viejo Calvario, situado al final de la actual 6a. Avenida y 18 Calle Zona 1. Los feligreses esperan el paso de la procesión, al caer la tarde del 20 de noviembre de 1932. Ese día se inauguró el nuevo edificio, situado un centenar de metros hacia el oriente. Fotograma de la película filmada por la Tipografía Nacional.


Nuevo edificio del templo de El Calvario. Fotograma de la película filmada por la Tipografía Nacional.

Para la inauguración del nuevo Templo de El Calvario, un equipo de la Tipografía Nacional filmó las ceremonias matinales y la procesión vespertina que partió de Catedral para llegar casi al caer la tarde, al nuevo edificio. Los fotogramas que hemos digitalizado de la película, nos permiten observar nuevamente los acotecimientos de aquel día, gracias al registro cinematográfico realizado por la imprenta nacional.

Desde 1929,la Tipografía Nacional se encargó de producir noticieros gubernamentales en películas de 35 mm que llevaban por nombre Actualidades Guatemaltecas. La dependencia encargada de tal tarea fue el Departamento de Cinematografía, dirigido por Arturo Quiñónez, uno de los nombres olvidados del cine guatemalteco, a pesar de su larga producción de materiales fílmicos. Como es, lamentablemente usual, los directores de la imprenta nacional aparecían como los responsables de las filmaciones, aunque su presencia era más de "pura pose", para aparecer en los medios y congraciarse con las autoridades superiores y los verdaderos cineastas permanecían ocultos al reconocimiento público.

El personal del Departamento de Cinematografía encabezado por Arturo Quiñónez estaba integrado, además, por José Marcial Pineda O. (fotograbado), José Llerena, José Santiago Vega, Arnoldo Chavarry y Francisco González. Más adelante se sumaron Miguel Ángel Ruano y Guillermo Mansilla Zamora. Sirva este pequeño trabajo para reconocer el nombre de aquellos pioneros del cine guatemalteco.

El noticiero informa sobre los actos religiosos, pero también brindan la oportunidad de apreciar la ciudad que aún no se había terminado de reponer de los terremotos de los años 1917 y 1918, pero que ya tenía las huellas del cambio en sus edificaciones. Es particulamente interesante un paneo realizado desde la torre del campanario del nuevo templo, el cual hemos reconstruido gracias a la tecnología actual.

Reconstrucción digital del paneo realizado por los camarógrafos de la Tipografía Nacional:


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Para ver los fotogramas completos y animados, haga clic aquí:
www.youtube.com/watch?v=Ne9hOmcg--k

Monday, June 16, 2008

Fotogramas de películas de la Tipografía Nacional

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Estos fotogramas han sido escaneados directamente de los negativos de las películas filmadas en los años treintas y que actualmente se encuentran en los depósitos de la Cinemateca Universitaria Enrique Torres, de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Contienen imágenes de la inauguración del Templo del Calvario, en 1932, una gira de Ubico y algunos planos cinematográficos de la Sexta Avenida de la Nueva Guatemala de la Asunción.

Friday, October 27, 2006

Tarzan en Guatemala



Si usted hace clik en la foto, esta se ampliará y podrá ver que se trata del afiche de la película rodada en Guatemala en 1935.

Thursday, August 17, 2006

El cine de Doña Amelia



HISTORIAS PARA EL CINE
EL CINE DE DOÑA AMELIA,
UNA HISTORIA EN LA CIUDAD DE GUATEMALA

Edgar Barillas

Tras los terremotos de diciembre de 1917 y de enero de 1918 que destruyeron la ciudad de Guatemala, hubo pérdidas de bienes -entre tanto daño y tanto sufrimiento- que no se cuantificaron. Es más, pasaron inadvertidas a no ser para sus poseedores. La producción filmica nacional –por muy escasa que fuera-, por ejemplo, se perdió entre los escombros de la languidecida capital. También los lugares en donde la población buscaba entretenimiento y la cultura de masas presta acudía a brindar satisfactores, como los edificios destinados a las proyecciones de cine, sufrieron daños severos. Se destruyeron por completo salas de teatro y cine como la del Teatro Olimpia. Otras pudieron ser reabiertas como el Teatro Europeo o el Teatro Renacimiento, que funcionó en el deteriorado Teatro Colón y que eran lugares en donde el séptimo arte compartía con el arte de las tablas. Las nuevas salas debieron atender las nuevas disposiciones que buscaban prevenir los daños ocasionados por los sismos. Esta es la historia de la construcción de una de ellas, el Teatro Guatemala, la que nos permite acercarnos al Centro Histórico de Guatemala en aquellas épocas de ansiedad y de esperanza.



UN MEM0RIAL AL SR. MINISTRO

Doña Amelia se cuida muy bien de encabezar su memorial al Ministro de Fomento, citando el telegrama del Dr. Don Manuel Estrada Cabrera. Un brevísimo saludo y la transcripción del telegrama:

A Amelia S. de Sánchez
12 Av. Sur 43
Telégrafos Nacionales. República de Guatemala.
C.K.S. D.H. De La Palma 10 de Nov. de 1918
Recibido en Gmla. a las 9. h. 30 m. Receptor J. C.

Corresponde la resolución del asunto de usted al Ministerio de Fomento y a la Municipalidad, a quienes puede ocurrir, que sin duda será atendida. Correspondo con igual sentimiento al cortés saludo de usted.

Estrada C.

No es mucho. Pero es del Dr. Don Manuel Estrada Cabrera, el Señor Presidente, al que entre trago y prosa irá retratando Miguel Ángel Asturias desde los mendigos del Portal del Señor. Y Doña Amelia le extrae el máximo provecho:

“Confiada en el digno ofrecimiento del Señor Presidente..." inicia su memorial al Ministro.

Ya no es Doña Amelia Solares v. de Sánchez, en este noviembre de 1918, la joven hermosa de cabello recogido, aretes diminutos, el vestido con una cola que se arrastraba en el piso y ceñido al cuerpo para lucir más sus galanuras, que posara con aires de náyade de Rubens en un estudio alfombrado y de cortinajes para la fotografía que apareciera en la Galería de Bellezas en la Página Literaria del diario más importante del país en el verano de 1909. Aquella vaga candidez reflejada en la fotografía, que matizaba el ramo de flores que sostenía en las manos, había desaparecido. Sus escritos de 1918 y 1919 pintan a una dama fría, madura, acostumbrada a que se le cumpla cuanto solicita. La persistente reticencia a incluir en su firma la "v." que expone su viudez, da pábulo a suponerla ajena a las súplicas y a los mimos. Más aun, estos cambios acrecientan la sospecha de que aquella fotografía de la Galería de Bellezas incluía la conocida treta de publicar fotografías de una juventud que ya no lo es tanto. Ahora se encuentra escribiéndole a Don Luis Mendizábal, Ministro de Fomento, retorciendo a su favor una comunicación telegráfica aséptica como las que acostumbran para no comprometerse los funcionarios públicos. El propósito del memorial al ministro es solicitar la autorización para construir un Cine-Popular.
Expone Doña Amelia que las diferentes causas que llevaron a tan alto precio el valor de las entradas en los Salones Cinematográficos y que hacen del todo difícil tal clase de diversiones para los proletarios, "le ha traído el proyecto" de construir un pequeño Salón de Cine Popular, que por sus condiciones favorables y morales permitirá la diversión de la gente proletaria. El proyecto, según explica la Señora de Sánchez, es un edificio de bajareque asísmico, que construirá en una esquina de la 14 calle oriente y 12 avenida sur y que podría estar terminado a principios de enero (de 1919).

“Tendrá las mayores comodidades para el público”, dice. “El valor de las entradas será un 25% menor que las que cobran los salones actualmente abiertos, aunque después mejoren las condiciones”.

Doña Amelia no quiere dejar escapar posibilidades de rechazo pero tampoco imposiciones: que se someterá a toda clase de censura imparcial que el Ministerio u otra autoridad competente tengan a bien designarle, una vez en funcionamiento el salón.

La solicitud no es tal que pueda causar el menor perjuicio a la clase proletaria, continúa la peticionaria. La sencillez, la descencia (sic) y la economía, serán con la moralidad, sus fundamentos, proporcionando mayores comodidades y ventajas y mejor clase de diversiones que la de los salones actuales. Del gobierno no se espera apoyo económico sino sólo moral. Las funciones serían con las formalidades comunes a espectáculos de igual naturaleza y en los días martes, jueves, sábados, domingos y días festivos que convengan así a la empresa, con previo conocimiento de la respectiva autoridad. Los domingos y días festivos habrían dos funciones, matinés y por la noche. Se comprometía la Señora de Sánchez a dar dos funciones a niños de escuelas públicas o el producto de ellas para las casas de beneficencia. Su solicitud, dice, y propósito son los más favorables que se puede dar para esta clase de diversiones, dedicadas a la gente proletaria y, además el edificio, aunque sencillo, contribuirá en parte al resurgimiento de la capital.

De hecho, cualquier visitante que por primera vez se aproximara a la Ciudad de Guatemala en aquellos días de finales de 1918, podría haber pensado que una terrible desgracia acababa de ocurrir. La población vivía en improvisadas construcciones en los parques y terrenos circundantes, mientras en los solares se amontonaban los escombros de la que fuera la sede de la Capitanía General de Guatemala en las postrimerías de la dominación española. Pero ocurría que los destrozos ocasionados por los terremotos de diciembre de 1917 y principios de ese 1918 no habían sido reparados. La gente estaba desesperada por lo que señalaban como pasividad del gobierno y el clima político comenzaba a caldearse. Estrada Cabrera, el Señor Presidente, había cumplido ya veinte años en la presidencia y su sistema de gobierno petulante y sátrapa estaba carcomido por su "vejentud'. Lo mantenían la inercia y los esbirros, tanto los del garrote como los de la pluma.

Pero en aquellas gentes que sobrevivían prácticamente en la intemperie, que habían pasado hambre y sed, soportado los fríos de enero y los calores de abril y mayo, que se habían empapado con las lluvias de junio a octubre, que vivían la angustia del desempleo o del subempleo, que habían ya perdido la esperanza de una ayuda para salir de aquellas miserias, volvían sus pensamientos hacia el déspota atrincherado en su refugio de La Palma. Los ricos, como siempre, habían sido los que mejor se habían acomodado a las consecuencias de la catástrofe. Inmediatamente después de los primeros sismos devastadores pusieron a salvo a sus familias sacándolas con los bienes muebles posibles en tropelía hacia la estación del ferrocarril para que éste las llevara a sus propiedades en la costa sur. Los que se quedaron para cuidar la imagen, las inversiones y los mecanismos del sistema, se ubicaron en campamentos de elite, con sus comodidades y su servidumbre en lugares exclusivos como el parque Isabel La Católica. Estas opulencias y la inmovilidad del gobierno para resolver las dudas de la población, hacían crecer el descontento de las masas en las faldas del Cerrito del Carmen, en los campos de Gerona o en el hacinamiento del Parque Central. La figura del Señor Presidente, magnificada por el boato de las minervalias y de ese invento genial del cinematógrafo, estaba ahora más venida a menos que nunca. Las murmuraciones en las covachas y las prédicas cada vez más estridentes en las iglesias, presagiaban las alianzas entre los adinerados -ahora con el vestuario del unionismo centroamericano- y los obreros y artesanos que darían al traste con el déspota al cabo de veintidós años en el poder.


INTERTÍULOS PARA UN
TRÁMITE EN BLANCO Y NEGRO

En aquella "terremoteada" ciudad, entre las conspiraciones de la oposición al déspota y las reverencias de los acomodaticios, el memorial de Doña Amelia se convirtió en expediente gracias a la magia de la burocracia.

El mismo día de recibido, 13 de noviembre, el ministro lo envió a la municipalidad con un dibujo adjunto "para que se sirva informar al Despacho de Fomento oportunamente". No era cosa del Señor Ministro contrariar a una dama que poseía un telegrama del semidios. Pero en el ayuntamiento capitalino las influencias reales o supuestas de la Señora de Sánchez toparon con los funcionarios grises y sin rostro de los recovecos administrativos, si nos atenemos al hecho de que tardaría un mes en volver el expediente a manos del ministro, con un adelanto más bien simbólico. La alcaldía envió la solicitud al Juzgado de Policía y Ornato y al Comisario de ramo. El juzgado ordenó la inspección el día 22. El 26 el Inspector Municipal informa al Sr. Alcalde que el día anterior se constituyó en el sitio donde se pretende construir el cine y que no habiendo ninguna construcción y siendo bastante amplio como lo es, no encuentra ningún obstáculo para que se construya el salón. Pero, dice el inspector, antes de dar la primera función debe darse aviso para proceder a una nueva inspección. En lo que respecta a precios de entradas y demás condiciones nada puede informar pues no le corresponde. El trámite que sigue tiene dejos de letanía: el 3 de diciembre en la municipalidad se anota que primero se construya el edificio y después se dictaminará si puede o no servir para espectáculos; el 5 de diciembre se ratifica que es prematuro un informe municipal sobre el proyecto; el 6 la municipalidad aprueba el dictamen antecedente; el 7 de diciembre se devuelve el expediente al ministro de Fomento, quien lo revisa el día 12, es decir, cuando se cumple un mes del primer papeleo.

Como en toda América Latina, el cine llegó a Guatemala tan sólo unos meses después de su primera presentación en París por los hermanos Lumiére. En el local No. 11 del Pasaje Aycinena se realizó la primera exhibición un 26 de septiembre de 1896 y el éxito lo acompañó desde entonces. Más tarde, los delegados de los Lumiére estuvieron en el país con sus aparatos de proyección y filmación contagiando el entusiasmo por las imágenes en movimiento. Ellos fueron los que registraron las primeras películas con imágenes de Guatemala. Los nombres de cineastas guatemaltecos comienzan a aparecer hasta la segunda década del siglo XX, conociéndose que Ramiro Femández Xatruc y Mario Estrada hicieron tomas de aspectos de la tradición guatemalteca, entre ellas procesiones y ferias. En 1912 se realizó un filme de ficción llamado El Agente No. 13, siendo Alberto de la Riva el realizador. Adolfo Herbruger y Alfredo Palarea realizaron en 1915 una primera versión de El Hijo del Patrón, película que se destruyó con los terremotos de 1917-18. Precisamente, en ese año de 1918, un cómico venido a Guatemala con la compañía de ópera y zarzuela de los Hermanos Uggetti, Fernando Flaquer filmó conjuntamente con Ramiro Fernández Xatruc un cortometraje, el cual fue presentado en el Teatro Variedades ese mismo año durante un "beneficio", aquellas funciones en las que se proyectaban varios filmes con propósitos de beneficencia. El público gozó viendo a Flaquer bajar y subir a los tranvías tirados por mulas en la ciudad. Los cortos guatemaltecos se incluían de cuando en cuando en los programas de películas extranjeras que aparecían regularmente en las carteleras. Uno de los temas preferidos por los noveles camarógrafos eran las “Minervalias”, que no eran sino ostentosos desfiles escolares dedicados a la diosa de la sabiduría y realizados en homenaje al patriarca. Hacia los estertores de la dictadura de los 22 años, los espacios oscuros de los cines eran centros de evasión y de persuasión. Eran unos de los pocos pilares en pie de la satrapía en aquella ciudad y país en escombros.


UN NUEVO PERSONAJE A ESCENA. EL FUNCIONARIO QUE CUMPLE CON LA LEY Y LOS REGLAMENTOS

No fuera a ser que se dijera otra cosa, don Luis, el Ministro de Fomento envió rápidamente la documentación al Director General de Obras Públicas con la orden de que informe sobre el proyecto. Don Santiago Romero, el Sr. Director General, no es un hombre que tome a la ligera las cuestiones del ramo. En una semana, el 18 de diciembre de 1918, está contestando al ministro que, de conformidad con el Reglamento de esa Dirección, conviene que antes de construir el Salón,

“se presente el plano y el proyecto hecho y firmado por un ingeniero o Maestro de Obra de reconocida idoneidad, acompañándose además el estudio del método de construcción mejor y más adecuado que convenga elegir”.

Indica Romero que eso es para esa obra y otras que afecten en algo el derecho público. Agrega don Santiago que el diseño que ha presentado la Señora de Sánchez es insuficiente para poder resolver respecto a las seguridades que preste el edificio ya concluido.

Con la premura acostumbrada, al día siguiente (19 de diciembre) ya está la Secretaría de Fomento ordenando que se haga del conocimiento de la Sra. v. de Sánchez el informe de Obras Públicas y solicitando que se reponga el papel gastado en el trámite. Un día después, un enviado de doña Amelia, don Manuel Calderón Ávila es enterado del informe de Romero.

Doña Amelia no pierde tiempo. A pesar de que ya comenzaron las posadas y el ciclo de tradiciones navideñas está en crescendo, contacta a la firma Puente Hermanos para que se encargue de los aspectos técnicos, que ella procurará los otros. Para el Día de Reyes (6 de enero de 1919) la vemos presentando al Ministro Mendizábal “en cumplimiento de lo ordenado por ese Ministerio de su muy digno cargo” y “de acuerdo con el Reglamento de la Dirección General de Obras Públicas”, dos copias del plano del edificio del Salón de Cine Popular que ya está construyendo y que llevará el nombre de Teatro Guatemala. Por supuesto, no deja de señalar la suficiente idoneidad de los señores Puente Hermanos. En seguida resume el método empleado en la construcción, toda una radiografía de las construcciones posterremotos. Las paredes A y B (fondo y derecha) de calicanto, reforzadas con encasquillado de madera formando las llamadas Cruces de San Andrés. La pared C, de madera, pues da a los cuartos-barracas (lo que no deja de ser una curiosidad para una sala de cine). La parte D (frente) consta de tres partes: taquilla para venta de boletos de primera clase (luneta), el vestíbulo y la taquilla de segunda (galerías). Indica la Sra. de Sánchez al ministro, que el edificio todo será de madera y quedará sostenido también por dos fuertes pilares de bazas. En el lado A se construirá el escenario y dos vestidores, también de madera. Pero aún hay más. Según doña Amelia, el techo será algo novedoso. No usará teja de barro, lámina o "cualquiera otra cosa", sino una tela nombrada ruberoid, la cual, además de no presentar ningún peligro al público, por sus cualidades especiales de no alterarse con el cambio de temperatura, presta por lo consiguiente la de conservar una temperatura normal en el interior aunque la concurrencia sea mucha. Un enrejillado de madera de 22 pulgadas de alto garantizará la ventilación. Se usará el sistema de tijeras dobles de madera. En resumen, dice, se sigue el diseño de los teatros de ciudades poco populosas de Estados Unidos. El teatro contará, además, con un buen servicio de agua, la cual será convenientemente distribuida. Para finalizar, doña Amelia señala que con dicha diligencia cumple con lo preceptuado en el Reglamento respectivo y solicita al Ministro ("a quien presento mis respetos") se sirva ordenar se practiquen las inspecciones que correspondan.

Con una prontitud digna de las mejores causas, Don Luis Mendizábal, el ministro, ordena enviar el expediente y los planos a Obras Públicas, el mismo Día de Reyes. Alguna instrucción que nos es desconocida hubo además de la remisión del expediente, puesto que el parsimonioso Director General se halla el día siguiente (7 de enero) enviando el resultado de la inspección. Lo consignado en este documento por Santiago Romero debe haber alterado a la enjundioso Sra. de Sánchez. Dice el director de Obras Públicas que tiene conocimiento que los señores Puente no son directores o ejecutores de la obra de doña Amelia. Además, la construcción deja mucho que desear. Viene realizándose con mucha economía y con métodos no de los mejores. En esas condiciones sólo podría autorizarse provisionalmente “mientras duren las condiciones anormales” (se refiere a la ciudad aún no reedificada) y por la escasez de edificios para el objeto. Para una resolución final, dice Director General, conviene esperar la conclusión del edificio. Agrega una expresión con la que espera ser perdonado por sus faltas en el día del juicio final: “salvo el mejor parecer del Sr. Ministro”, anota con toda la humildad que pueda caberle.



EN HONOR AL PROTECTOR DE LA BENEFICENCIA

Van pasando los días, los meses. De los fríos de enero y febrero a los calores de marzo y abril. Como cansada, la ciudad quiere despertar de las pesadillas de la dictadura y de los terremotos. En el cine están lejos los tiempos del cine documental de los Lumiére. Méliés tomó la estafeta cuando ya las imágenes de los hermanos precursores estaban cansando a los públicos, al agotarse la curiosidad por el novedoso invento. Con Méliés se pasó del testimonio a la ficción cinematográfica y el cine se convirtió en el espectáculo más frecuentado del siglo XX. Y con Pathé el cine se hizo industria. El gallito emblemático de los filmes Pathé “cantaba” y encantaba en Guatemala como en el resto del mundo. Max Linder, aquel cómico inspirador de Chaplin, entusiasmaba a las audiencias en los cines de la capital y del interior.








Doña Amelia se desespera. Muy pronto la competencia abrirá o reabrirá varias salas cinematográficas y por tanto urge inaugurar el Teatro Guatemala. El 14 de abril la señora Amelia Solares de Sánchez se dirige al Ministro de Fomento. Le informa que el edificio para el cine popular cuya autorización venía solicitando, estaba concluido. El edificio era de hermoso aspecto y segura construcción y se habían llenado uno por uno los requisitos del Ministerio “de su digno cargo” y de la Municipalidad.

Ha sido su primera intención, dice doña Amelia, el inaugurarlo con una función en honor al Excelentísimo Señor Presidente de la República, Doctor don Manuel Estrada Cabrera, a beneficio del Asilo de Maternidad Joaquina Pero como otro salón tiene ya anunciada tal función, se ha decidido realizarla siempre en honor del Protector de la Beneficencia, a beneficio de El Ropero Infantil, para lo cual se ha dirigido al Sr. Presidente, poniéndole a sus respetables órdenes el cine y ofreciéndole la función de inauguración que deberá tener lugar el sábado 19 de los corrientes si al Señor Presidente así le parece. Por lo tanto, solicita la licencia respectiva.

Ya inaugura su cine doña Amelia. Han sido tres funciones entre el sábado y el domingo, pero todavía no terminan sus pesares. Acude otra vez, el mismísimo lunes después de la inauguración, ante el Ministro Mendizábal, quejosa, refunfuñando contra el Director General de Obras Públicas. Dice la señora que como se le indicó que para obtener la licencia definitiva para operar faltaba la inspección del mencionado Romero, solicitó a dicho empleado (¡Pobre don Santiago Romero y sus ínfulas de Director General!) que la verificara. Sin embargo, él manifestó que no era de su incumbencia y para llevarla a cabo necesitaba orden escrita del Señor Ministro. Solicita doña Amelia que en vista de que se han llenado los requisitos ordene el ministro se haga la inspección y le conceda la licencia respectiva. Expresa la buena señora que cree (“y estoy segura de ello”) que viendo la justicia que le asiste, el ministerio no tendrá inconveniente en extenderle la licencia, pues de lo contrario se le ocasionarían grandes perjuicios en sus intereses, pues además de los fuertes gastos en la construcción del edificio, los ha tenido que hacer no menos fuertes al iniciar las funciones, y éstos son de tal naturaleza (luz, empleados, etc., etc.)

“que si no es trabajando el salón no tengo esperanza de reembolsarlos”. “Pero -dice doña Amelia- al hacer esta última relación, Señor Ministro, no he desconfiado de su buena voluntad para con migo (sic) por la que una vez más le rindo mis sinceros agradecimientos”.

Como de costumbre, el ministro atiende ese mismo día el escrito, enviando el expediente a Romero.





UN GIRO DRAMÁTICO AFORTUNADO PARA LA SEÑORA DE SÁNCHEZ

El funcionario devaluado a simple empleado por la viuda de Sánchez, no come ansias. Al día siguiente, 22 de abril envía la documentación a Policía y Ornato. Aquí ocurre algo que jamás sabremos que fue, pero que más de algún mal intencionado podría lapidar como tráfico de influencias. Recibido que es el expediente, el juzgado de Policía y Ornato se dirige al director de Obras Públicas, evacuando un informe elaborado ¡El 5 de abril! donde E. Aguirre V. y Carlos H. Martínez informan al Alcalde lo. Municipal sobre la inspección realizada al edificio del Teatro Guatemala. Dicen Aguirre y Martínez que se constituyeron en la 12 avenida sur y 14 calle oriente, en el solar en donde hubo casa de habitación,

“lugar en que se construye un edificio que por su aspecto y forma no hay duda que se destina para Teatro o Salón de Cinematógrafo u otros espectáculos análogos”.

Dicen los inspectores que el edificio es sencillo, de madera nueva, a excepción de dos paredes de calicanto, reforzadas de manera efectiva “que dan positiva seguridad para el caso que pudieran repetirse los temblores”. La descripción de los munícipes coincide con la de doña Amelia en su carta al Ministro del 6 de enero, o sea, un día después de la inspección, quién sabe si por casualidad o fatalidad. Lo cierto es que la persistente señora estaba presente durante la inspección, lo que es puesto de manifiesto por Aguirre y Martínez en su informe. Indican que dijeron a la Señora Solares de Sánchez sobre la necesidad de cambiar dos puertas en la entrada a luneta y la señora accedió. Acotan los inspectores que las proporciones del Teatro son suficientemente capaces para recibir desahogadamente las 800 personas que indica la propietaria. Se abstienen de hablar de la estética, porque faltan el techo, cielos, decorados, etc. y los asientos, pero que no dudan que las faltas quedarán llenadas. Que no ven inconveniente para conceder la licencia por considerar el edificio suficientemente garantizado para el objeto a que se le destina. “Es cuanto tenemos la honra de informar para lo que tenga el Señor Alcalde resolver”.

El expediente ha regresado a Santiago Romero. El funcionario apegado a la ley tiene ahora en sus manos el destino del Teatro Guatemala. En realidad, tiene en sus manos parte de la historia del cine en Guatemala. Su decisión tendrá que ver con la continuación o no de un capítulo del proceso de masificación de la cultura, de los mecanismos de homogeneización de la sociedad civil con la que el cine contribuye al proyecto nacional de los liberales. Pero el Sr. Romero no tiene esto en sus pensamientos. El está pensando en las leyes y en la vida. Es el 25 de abril de 1919. Falta menos de un año para que caiga la dictadura. La ciudad escombrosa ya comienza a pensar en el centenario de la independencia de España. Don Santiago Romero toma su pluma y escribe su dictamen:

El edificio reúne buenas condiciones en su construcción, la cual se ha practicado de la mejor manera posible conforme el plano y proyecto, prestando el edificio seguridad para los movimientos sísmicos. Por lo expuesto y salvando el mejor parecer del Señor Ministro, no hay inconveniente en acceder a la solicitud de doña Amelia Solares v. de Sánchez.
Santiago Romero.


Fuentes


Documentales

Legajo 22081 (Sig. 19-b), Ministerio de Fomento, 1919, Archivo General de Centro América.

Cronología General de la Producción de Cine en Guatemala, s.f., inédita, Cinemateca Universitaria Enrique Torres.

Andreu Corzo, Guillermo, mecanuscrito inédito, s.f., Cinemateca Universitaria Enrique Torres.


Hemerográficas

“Señora doña Amelia Solares de Sánchez”, (fotografía en Galería de Bellezas, Página
Literaria) Diario de Centro América, 4 de abril de 1909.

“Teatro Guatemala', en "Ecos sociales”, Diario de Centro América, 26 de marzo de 1919.
“Conferencia”, Diario de Centro América, 2 de abril de 1919, pág. 1.
“Max Linder”, Diario de Centro América, 2 de abril de 1919, pág. 6.

“De teatros”, Diario de Centro América, 12 de abril de 1919, pág. 7.

“Inauguración del Teatro Guatemala”. En "Ecos sociales', Diario de Centro América, 15 de abril de 1919, pág. 4.

“Teatro Europeo”, Diario de Centro América, 21 de abril de 1919.
“Información diversa”, Diario de Centro América, 23 de abril de 1919, pág. 3.

Bibliográficas

Aragón, Magda y Edgar Barillas
1992 "Guatemala: café, capitalismo dependiente y cine silente”. En Cine Latínoamericano 1986-1930, Venezuela: Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.

Barillas, Edgar, Marisol Guirola y Rafael H. Vacaro
1988 'Documentos fílmicos de la historia de Guatemala: los materiales de la Cinemateca Universitaria “Enrique Torres”. En Hojas de cine, testimonios y documentos del nuevo cine latinoamericano. México: Secretaría de Educación Pública y Universidad Autónoma Metropolitana. Volumen III Centroamérica y el Caribe. págs. 267-274.

Gellert, Gisela
1990 “Desarrollo de la estructura espacial en la ciudad de Guatemala: desde su fundación hasta la Revolución de 1944”. En Guatemala: dos estudios sobre su evolución urbana (1524-1950). Guatemala: Centro de Estudios Urbanos y Regionales, USAC.

Gortari Carlos y Carlos Barbáchano
1981 El cine, arte, evasión y dólares. España: Salvat Editores S.A., Colección Salvat Temas Clave.

Peláez Almengor, Oscar Guillermo
1994 La Nueva Guatemala de la Asunción y los terremotos de 1917-1918. Guatemala: CEUR, USAC. 1994.

Pinto Soria, J. C.
1990 “Guatemala de la Asunción: una semblanza histórica”. En Guatemala: dos estudios sobre su evolución urbana (1524-1950). Guatemala: Centro de Estudios Urbanos y Regionales, USAC.



Publicado en: Estudios, revista de antropología, arqueología e historia, 3a. época, No. 2/95, agosto de 1995, Guatemala, Instituto de Investigaciones Históricas, Antropolóticas y Arqueológicas, Escuela de Historia, Universidad de San Carlos de Guatemala, pp. 7-20

El cine bajo el manto de estrellas










HISTORIAS PARA EL CINE

EL CINE BAJO EL MANTO
DE ESTRELLAS


EDGAR BARILLAS

INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTORICAS, ANTROPOLOGICAS Y ARQUEOLOGICAS

GUATEMALA, SEPTIEMBRE DE 1995.

Historias para el Cine
EL CINE BAJO EL MANTO DE ESTRELLAS.

Como cualquier ciudadano de esas naciones que se autodenominan civilizadas, Pancho Basura debió tener nombre de pila y apellido. Pero nosotros no lo conocimos sino por el mote que denunciaba su oficio: era el recolector de basura de la Compañia Agrícola en el Tiquisate de mediados a finales de los años sesentas. Por las polvorientas calles pasaba don Pancho en su camión recolectando los desechos de la gente que había llegado con la Compañía y que se iría cuando esta pusiera fin a sus actividades en la Costa Sur. La Compañía llevó la gente a lo que antes era poco más de caserío, no mucho más que una aldea. Ni siquiera a municipio llegaba, pues esta distinción la tenía la cercana Santa Ana Mixtán. Y en ese remolino de gente que García Márquez llama hojarasca llegamos nosotros como casi todos y tal vez también llegó Pancho Basura. Quién sabe.
Lo cierto es que nadie desconocía a don Pancho en su poco prestigiado oficio de recolector de desperdicios. Pero mucho menos lo ignoraban en su mutación de roles de todos los días por la tarde. Horas antes de que cayera el sol, pasaba ya no en el maloliente camión de la basura sino en uno repleto de varas de bambú y de grandes mantas blancas que estacionaba en un espacio libre ya sea en las fincas, cerca de las yardas de las familias de los trabajadores o en Tiquisate, en un baldío más allá del campo donde se jugaba fútbol pero también el beis. En poco tiempo abría hoyos, plantaba las varas de bambú y colocaba las mantas formando un recinto rectangular, con una abertura cubierta con una cortina que servía de entrada. Al fondo, pendiendo también de los espigados bambúes, colocaba un lienzo medio inmaculadamente blanco -Usted sabe-, no de muy grandes proporciones. Una mesa angosta y muy alta recibía un proyector de 16 milímetros, probablemente un Kalar Victor. Poner en la vara más alta un altoparlante, instalarlo como bandera de una victoriosa campaña e iniciar los anuncios de la película de la noche, eran una acción de escasos minutos. El cine de Pancho Basura estaba listo para recibir a los devoradores de películas. El manto de la noche pondría el resto en aquel cine sin techo de Tiquisate de los años sesentas. El cine ambulante de Pancho Basura.

Un cine para cada lugar y un lugar para cada cine.
Tiquisate en realidad no era un poblado sino tres. Estaba "El Pueblo", ubicado en el antiguo sitio de asentamiento, ahora lleno de comercios, comedores, cantinas y zarabandas con sus respectivas rockoleras de vestidos cortos, apretados y de colores chillones. Luego, convenientemente separado -El Pueblo terminaba en la fábrica de hielo-, estaba el sitio de los trabajadores de la Compañía, con su debida estratificación de acuerdo a la posición dentro de la empresa: las yardas, para los peones; las casas tipo avión, para los oficios como mecánicos, electricistas y fontaneros, que eran el personal de tercera; las casitas y las casas tipo capitán, para los administrativos o personal de segunda. El tercer poblado estaba aún más diferenciado. Primero, porque quedaba del otro lado del Río Siguacán, mismo que los niñitos que recibían el catecismo confundían con el Río Jordán, donde fue bautizado Jesús. Segundo, separado del resto del pueblo y del país por una malla metálica coronada con alambre de púas, perfectamente iluminada y vigilada para impedir la entrada de intrusos. Era la residencia de los empleados de primera. Allí residían los responsables del enclave bananero, de ese que hacía que al país se le llamara en otros lares con el nombre poco generoso de "república bananera".
En "El Pueblo" quedaba el cine Royal, que dependiendo de quien lo pronunciaba era una palabra grave o una palabra aguda. La gente bien decía Róyal. Los demás, los otros, decían Royál. Era el cine de don Enrique Lam Jarquín, que entre otras cosas componía canciones y le llamaban -tal vez por ello- compositor. Don Enrique hacía sacar unos anuncios hechos con papel de envolver, pintados con añilina generalmente azul y colocados en unos marcos de madera, que ponían frente al cine o en algunos lugares estratégicos de cualquiera de los dos primeros pueblos. Las funciones eran en la noche, excepto los sábados en las que también había "matinés" y los domingos en los que además había "matinales". Unos altoparlantes agudos recordaban con su música estridente que se aproximaba una función. Atrás del cine y a los lados eran lugares para casas de habitación. En cambio enfrente, del otro lado de la línea, estaba el emporio comercial, siempre animado, siempre lleno de novedades. Por la noche se cerraban los negocios de abarrotes y otros artículos de primera necesidad, los almacenes de los chinos que vendían telas y termos, los almacencitos de bagatelas como El Regalito, las ventas de bicicletas y radios, dando paso a las zarabandas, comedores, ventas ambulantes de comida. En la noche los artículos de primera necesidad eran las cervezas y el guaro, que podía ser Olla San Gabriel u Olla San Lorenzo. Eran los tiempos de Los Panchos y los Tres Diamantes, de las rancheras de Demetrio González y Tony Aguilar, de los mambos de Dámaso Pérez Prado y de las nacionales Regalito de Amor y Escuintla que cantaban Alicia Azurdia y la Ninfa de Amatitlán, Las rockolas no dejaban de sonar sino hasta la madrugada.
Pero el día grande era el domingo. En la mañana, desde muy temprano, el centro de atracción era el mercado. Del altiplano bajaban los comerciantes indígenas con sus cacaxtes. Eran los marchantes que traían las verduras y la cerámica. De Escuintla y de la Capital llegaban los vendedores de peltre, de ropa, de jabones. La fruta venía a veces de aldeas cercanas o de más lejos, dependiendo de la temporada. Además, en el mercado se aparecía cualquier cantidad de prestidigitadores, pitonisas con serpientes, hierberos de pócimas mágicas, enanos y gigantes, tragafuegos y vaya usted a saber que otra cantidad de honestos embaucadores. En el aire se oía repetidamente El Barzón, con aquellos sus versos machacones de "Se me reventó el barzón, y sigue la yunta andando". Allí se juntaban las gentes de las fincas de banano, de las aldeas, la gente de El Pueblo y los trabajadores de la Compañía. La mañana del domingo eran más bien un festival femenino en que las señoras salían a hacer sus compras, unas con sus sirvientas, otras con sus niños, la mayoría congratulándose de poder disfrutar su única diversión semanal. Por la tarde, en cambio, El Pueblo era el centro del placer. Era la jornada de los hombres, la diversión masculina. Era el tiempo de gastarse algo -aunque a veces todo- de los buenos ingresos que se obtenían por los salarios de la frutera o por los negocios de la semana. En el juego, en el vicio, en la prostitución o en el arte de ver, andaban juntos los peones, los mecánicos, los electricistas y los administrativos. En la mañana, mientras el mercado hervía de actividad, en el Cine Royal de Don Enrique Lam Jarquín, Joselito cantaba sus infantiles canciones en el Pequeño Ruiseñor o Pablito Calvo crecía en con los frailes en Marcelino Pan y Vino (1954). Eran de los escasos filmes españoles que se veían entonces en Guatemala y se debía, junto a las películas de la primera diva del Star-System español, Sarita Montiel, a que estos habían sido de los pocos éxitos comerciales de la cinematografía hispana y por tanto, productos de exportación. La matiné servía de refugio a los que huían del bullicio y permitía ver alguna comedia musical mexicana de esas que arreglaban un argumento alrededor de algunas canciones, como la Feria de San Marcos (1957), con Miguel Aceves Mejía, Pedro Vargas, Ana Bertha Lepe y los cómicos Fernando Soto Mantequilla, Alfonso Pompín Iglesias y Agustín Isunza. El cine mexicano había terminado el ciclo del Indio Fernández y Gabriel Figueroa que tanta gloria le dio a la cinematografía de aquel país. Ahora nos venían películas de cómicos como Clavillazo, Resortes o Viruta y Capulina, de melodramas en los que Arturo de Córdoba y Marga López hacían lacrimógeno el ambiente o de héroes solitarios como Gastón Santos en el Monstruo de la Laguna Negra, temerarios como Fernando Casanova en la serie El Aguila Negra o bandoleros queridos por el pueblo.
Domingo y en El Pueblo, murió en 1961 el Látigo del Sur, bandolero valiente y querido por los pobres según se decía entonces. Los corridos populares recopilados por Carlos Navarrete nos acercan al ambiente que se respiraba en aquellos tiempos en aquella población.

Presten atención señores
mientras se enciende la luz,
me voy a echar unos versos
de un hombre de pelo en cruz.

...Robó por darle a los pobres
y a los ricos los trabó,
por eso de los humildes
su corazón conquistó.

Pero este 61
fue su año de mala suerte,
lo siguieron los soldados
hasta causarle la muerte.


En Pueblo Nuevo de Escuintla,
Tiquisate población,
allí estaba descansando
muy confiado el corazón.


Sin duda, para la policía Benedicto Ruano, el Látigo del Sur, no sería más que un vulgar delincuente. Pero de la población que se aglomeró para ver el desenlace del bandido, solo se escuchaban hazañas y vivezas.


El comandante Manuel de J. Juárez
quedó en Escuintla burlado a más no poder
porque el valiente llegaba a las cantinas
y a los soldados les daba de beber.

Los ambulantes y soldados de hacienda
y hasta soldados de traje nacional
lo buscaban por todos los caminos
y él disfrazado los hizo quedar mal.

(Cancionero Popular, Navarrete, 118).


Y como en un guión cinematográfico o en crónica de una muerte anunciada, la muerte fue aparatosa y dramática, según la versión popular:


Lo rodeó un destacamento
con metrallas del liviano
y él solo con un machete
y una pistola en la mano.

Medio desnudo tiraba
todavía sin despertar.
¡Qué sueño más de a vejiga
morirse a medio soñar!

...Con una carga le abrieron
toda la parte inferior,
pero seguía peleando
porque fue de gran valor.

Le gritaba el mero jefe
que si se volvió bandido
se rindiera mansamente
ahora que estaba herido.

-Si no me volví, me hicieron
de tanta necesidad,
no nací macho de carga
que soporta en humildad.

...Ya me chingaron cabrones,
acábenme de joder,
y al disparar se agarraba
por no quererse caer.

...La gente de Pueblo Nuevo
protestó la cobardía
de esos cuques y oficiales
en grado de infantería.

Y tanto miedo tuvieron
que el sitio en que está enterrado
quedó oculto de los pobres
y aún sigue ensecretado.

Por aquí dejo estas flores
que se encienden con la luz,
que son mis pobres cantares
para el Látigo del Sur.

(Alberto Arana, Navarrete, 117).


La letra de El Aguila Negra (1956) y de otros héroes de las películas tiene un paralelo en estos cantares del Látigo del Sur.

El cine de Pancho Basura se instalaba a inmediaciones del mercado, tomando el rumbo de la Escuela Fray Bartolomé de la Casas, de la Compañía. A veces la llegada de algún circo -que generalmente eran el de los Hermanos López o el de los Hermanos Navarro- o de los gitanos, hacía que se fuera a instalar más allá del campo de fútbol y del Club América, ya en los barrios de trabajadores de la frutera. Era un cine más barato que la galería del Royal, considerando que no había butacas, ni servicios, ni techo siquiera. En el cine de don Enrique si había luneta y galería, pero se trataba solo de una división por una baranda, la cual era saltada por muchos al solo obscurecerse la sala. No había mejores butacas o mejores servicios, sino solo la categoría social que representaba haber pagado más. No era que en el cine de Pancho Basura no hubiera diferencias. Si las había entre quienes negándose a ver de pie toda la película llevaban algún banco o alguna silla liviana, o quienes en noche con amenaza de lluvia portaban un paraguas, pues las funciones solo se suspendían si había un verdadero chubasco. Y también entre los que pagaban sus diez centavos -al principio eran cinco- y quienes, burlando la vigilancia de unos muchachos armados de chicotes, se colaban bajo las mantas blancas, ya sea por probar su habilidad o por no poseer el dinero necesario. Al fin y al cabo, quien vio Nosotros los Pobres (1947) con Pedro Infante y Evita Muñoz, Chachita, no podía perderse la segunda parte, Ustedes los ricos (1948).
Si el cine Royal proyectaba películas que por primera vez llegaban a Tiquisate, el cine de Pancho Basura se conformaba con reestrenos, lo que permitía alquileres más baratos y por tanto entradas más baratas. Así, si en el cine de El Pueblo se veía Se los Chupó la Bruja con Viruta y Capulina (1957), en el cine ambulante se estaba viendo otra vez A Toda Máquina y ¿Qué te ha dado esa mujer?, la serie de Pedro Infante y Luis Aguilar de 1951, en la que personifican a dos agentes de la policía motorizada en permanente rivalidad y que constituyó un éxito comercial. Pero pronto llegaría la revancha para el cine más modesto de todos cuantos habían en Tiquisate.
Cuando se instalaba más allá del Club América, las idas al cine de Pancho Basura representaban recorrer largas distancias con la débil iluminación de unos pocos bombillos del alumbrado público. Y el regreso era más difícil aún, pues las calles estaban solitarias y solo el aullido de los perros acompañaba a los cinéfilos. Para economizar tiempo y esfuerzo se podía cruzar el campo de fútbol, pero esto era para quienes tenían templados los nervios. La proyección de La Barranca de la Muerte, de la serie El Rayo Justiciero (1954-1956), con Tony Aguilar, en la que a Pánfilo Narvaes le hacen una fea herida en el rostro, o cuando se exhibió el Jinete sin Cabeza (1956), el regreso a casa fue espeluznante, para niños de una población que contaba cuentos de aparecidos o que oía la XEW de México con series de terror como Apague la Luz y Escuche.

El Club América se convertía en cine una vez a la semana. Este era un cine para los trabajadores de la Compañía, de tercera en adelante. Como también exclusivos lo eran el Comisariato, el Hospital, la Escuela Bartolomé de las Casas y una Carnicería. Era un gran salón de madera, con amplios ventanales cubiertos con malla metálica. Cuando las funciones eran de día, unas lonas se bajaban para obtener la obscuridad deseada. Como el salón era de usos múltiples no había butacas sino se colocaban sillas plegadizas. Aquí no había un José Elías Moreno, una Martha Roth o Rosita Arenas, un Pedro Armendáriz o unos hermanos Fernando y Andrés Soler. Aquí era la sala de Gary Cooper, Burt Lancaster, Kirk Douglas y Errol Flynn, de Ingrid Bergman, Rita y Susann Hayworth, Shelley Winters y Ava Gardner. En la pantalla no había cancioneros montados a caballo sino Roy Rogers y su inseparable amigo el viejo Cascarita, la campiña mexicana se trocaba en el oeste estadounidense y las películas de luchadores enmascarados del estilo de Huracán Ramírez aquí eran de relatos de corsarios. Aquí no cabía el Látigo del Sur, pues había una gran diferencia entre él y Shane, el Desconocido, protagonizada por Alan Ladd (1953) y su muerte distaba mucho de los duelos de Gary Cooper en A la Hora Señalada (1952) o de la lucha a morir de Burt Lancaster y Kirk Douglas en el O. K. Corral. Este era un cine para los que leían Life en Español y que tenían las imágenes de la vida procesadas, digeridas y simplificadas por Selecciones del Reader's Digest, de quienes leían la revista cubana Bohemia, o de quienes, al menos, tenían en sus manos las concepciones de la vida de los chistes - o sea los "comics"- de Gene Autry, Roy Rogers y Opalong Cassidy, cuando no de Tarzán, Superman, la Sombra Vengadora y otros héroes.
La colonia El Prado era un paraíso tropical. Tenía las comodidades que puede esperar alguien que se va de su país a una república casi de juguete. Casas cómodas de madera, pintadas de blanco y verde con amplio jardín que lo mismo se miran en Guatemala que en Honduras o Panamá. Un club social en una colina con un césped impecable. Un campo de golf, una piscina, un campo de aviación cercano. Y por supuesto, cine. Para el cine se usaba el Club, al igual que en el Club América. Solo que aquí estaba reservado para los "americanos" y para los altos empleados. Las películas eran casi del mismo tipo de las del América, solo que tal vez más escogidas. Aquí se podían ver algunas películas de aventuras en países lejanos y exóticos. A Frank Sinatra y Spencer Tracy, por ejemplo, los encuentra El Diablo a las Cuatro, con una violenta erupción de un volcán. Pero también se podían ver dramas intensos que copiaban los bajos costos de televisión al utilizar escenarios más simples. Tal vez el más significativo de ellos fue Doce Hombres en Pugna, también llamada Doce Hombres Sin Piedad, un filme de Sidney Lumet, donde la cámara pasa encerrada durante hora y media en la sala de deliberaciones de un jurado. Se trataba de plantear la necesidad de un diálogo democrático para esclarecer la verdad en el caso de un juicio. La última escena, formada de un solo plano, mostraba por fin a los jurados despidiéndose a la salida de la sala, en la única vista exterior de toda la película. A estos tan disímiles géneros habría que agregar las comedias en las que sobresalían las bromas simplonas de Abbot y Costello o las chabacanadas de Los Tres Chiflados, situados ya a mucha distancia de Max Linder o de Charles Chaplin.

Una tormenta en el trópico.
De 1870, cuando Lorenzo Dow Baker llevó 160 racimos de bananos de Jamaica a Jersey City y los vendió a dos dólares cuando los había comprado a chelín la penca, a 1936, en que la United Fruit Company abrió su segunda plantación en Guatemala, precisamente en Tiquisate, había ocurrido un meteórico ascenso de la demanda internacional de la fruta. La frutera firmó con Ubico un contrato por 99 años para explotar el cultivo de bananos con varias concesiones como la exoneración total de impuestos internos y la importación libre de todos los bienes de capital. Como condición impuesta por Ubico los salarios de los peones no debían pasar de cincuenta centavos para no provocar alborotos en el mercado de trabajo guatemalteco por exigencias de aumentos. La Compañía pudo dar así mejores condiciones a sus trabajadores que los que gozaba el resto de la fuerza laboral guatemalteca: servicios médicos, escuelas, vivienda y hasta cine. Hacia 1952, la frutera tenía en propiedad 295,000 acres en sus fincas de Tiquisate.
Pero había problemas. Desde mayo de 1951 hasta marzo de 1952 la Compañía había mantenido un conflicto con sus trabajadores. Una de sus medidas fue la de despedir sin paga a 3,746 trabajadores, negándose a aceptar la mediación del gobierno así como tampoco a aceptar la legislación laboral del país, no hacía mucho puesta en vigencia por el gobierno revolucionario. En 1952, el presidente Arbenz, jefe del Segundo Gobierno de la Revolución, sancionó la Ley de Reforma Agraria, Decreto 900, por medio de la cual se buscaba el desarrollo de relaciones capitalistas en el campo, de acuerdo a los considerandos de la propia ley. A la frutera le fueron expropiados 234,000 acres de tierra no cultivada en las fincas de Tiquisate, casi el 80 por ciento de sus posesiones en la Costa Sur. Lo demás es historia conocida, aunque sea en parte. El gobierno de Arbenz fue acusado de procomunista y se inició una batalla interna y externa que condujo al cierre del experimento revolucionario en 1954. El 79 por ciento de las tierras expropiadas fue devuelta a sus antiguos dueños. Luego vino la cacería de comunistas y simpatizantes, dirigida por el Comité Nacional de Defensa Contra el Comunismo y respaldada por la Ley Preventiva Penal Contr el Comunismo. Muchas actividades, incluyendo algunas sindicales, fueron catalogadas como sabotaje y penadas con la muerte. El Comité de Defensa Contra el Comunismo tenía el derecho de denunciar comunistas sin posibilidad de defensa o apelación. Hacia noviembre de 1954, el Comité tenía fichadas a 72,000 personas. El 10 de agosto de ese año se había declarado ilegales a los partidos políticos, las confederaciones laborales y las organizaciones campesinas. Las quemas de libros prohibidos incluyeron los de Miguel Angel Asturias, uno de los grandes críticos de la frutera, principalmente a través de su trilogía Viento Fuerte, El Papa Verde y Los Ojos de los Enterrados. La Compañía tenía problemas también en Estados Unidos. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos promovió acciones por considerar que se violaba la ley antimonopólica. En 1958, la frutera se vio obligada a aceptar la restricción de sus negocios en Guatemala. Hacia finales de los cincuentas, la Compañía Agrícola de Guatemala, languidecía en Tiquisate. Uno de sus ademanes para debilitar las acciones del Departamento de Justicia, fue producir una película llamada ¿Por qué el Kremlin odia los bananos?
La agitación comunista como tema del cine estadounidense no fue solo una táctica desesperada de una compañía a la que su propio gobierno reputaba de monopólica. Desde 1947 se había iniciado una campaña por la Comisión de Actividades Antiamericanas que buscaba eliminar la infiltración subversiva en el cine. El senador Joseph MacCarthy encabezó una cacería de "sospechosos, saboteadores, espías y quintacolumnistas" (Gubern, II, 81). Holliwood, para ponerse a resguardo de las acusaciones, produjo una serie de películas de propaganda anticomunista, que se inicia con El Telón de Acero, de William Wellman (1948). La novelista Ayn Rand declaró que la película Canción desde Rusia, de Gregory Ratoff era propaganda roja porque aparecían en ella niños rusos sonriendo. Para el actor Adolphe Menjou, eran comunistas "todas las personas que tiene ideas no americanas". Se llegó a determinar por la Comisión, que eran comunistas las películas que criticaban a los ricos o a los miembros del Congresos o a soldados arrepentidos de su participación en la guerra. En 1951 la Comisión de Actividades Antiamericanas estableció una lista de 324 gentes de cine a los que los productores reunidos en secreto en el Waldorf Astoria se comprometieron a no dar trabajo en tanto no fueran depurados por una oficina de limpieza establecida para el efecto (Ibid.).

La revancha de Pancho Basura.
Como se ha visto, el cine de Pancho Basura era el cine para los estratos medios y bajos. Cine de a pie y bajo el cielo. Por supuesto despreciado por los grupos mejor acomodados de Tiquisate, pasaba su vida ambulante entre las fincas y el poblado. Pero le llegaría su época de grandeza y de dulce desquite. Esto ocurrió con las transformaciones a que se debió someter el cine en los inicios de los cincuentas para enfrentar la competencia de la televisión. Los mayores experimentos ocurrieron en cuanto a las dimensiones de la pantalla, pues la tele tenía un campo muy reducido. El sistema que se impuso entonces fue el Cinemascope. Y quien lo iba a creer, fue Pancho Basura en su cine de bambúes y mantas quien apareció una buena noche con la novedad de la pantalla gigante. Por supuesto, el Manto Sagrado (1953) y Demetrio el Gladiador (1954) le reportaron enormes éxitos de taquilla y una popularidad debido a la jerarquía de innovador que había asumido, misma que no iba a pasar desapercibida en círculos que no eran los que normalmente él frecuentaba. Así, Pancho Basura abrió una noche de esas las puertas inexpugnables de La Colonia El Prado y se le vio instalar la pantalla para el cinemascope en el club. Sonreían ahora los extranjeros con su trago de whisky en la mano al poder presenciar con la más reciente innovación del cine, una película vaquera en cinemascope y a todo color. Más sonreía Pancho Basura con sus varas de bambú al lado, porque había podido subir a la colina más alta de todo Tiquisate.


FUENTES ORALES:

Barillas Aldana, Jorge Herminio. Guatemala, zona 5, agosto de 1995.
Barillas Aldana, Roberto. Guatemala, zona 7, agosto de 1995.
Barillas Barrientos, Juan Francisco. Guatemala, zona 11, agosto de 1995.
Barrientos Morales, Bertha. Guatemala, zona 2, agosto de 1995.


Publicado en: Estudios, revista de antropología, arqueología e historia, 3a. época, No. 2/96, agosto de 1996, Guatemala, Instituto de Investigaciones Históricas, Antropológicas y Arqueológicas, Escuela de Historia, Universidad de San Carlos de Guatemala, pp. 95-104.

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